Todo un hombre, una novela

Tom Wolfe fue un renombrado periodista americano que escribió también varios libros. De los que conozco, he terminado dos: La hoguera de las vanidades, The bonfire of the vanities en original y, hace unos días, Todo un hombre, A man in full. Otros no los he terminado pero tampoco eran novelas propiamente dichas (The right stuff, The electric kool-aid acid test) sino escritos periodístico-documentales.

“La hoguera de las vanidades” cuenta el proceso de autodestrucción de Sherman McCoy, un banquero de inversiones de Wall Street dedicado al mercado de bonos, que era, en aquella época, uno de los trabajos de mayor prestigio del sector. Me parece que lo he podido leer dos veces. Excelente.

“Todo un hombre” es similar en la puesta en escena: ambas novelas son “corales”, no están centradas en un solo personaje, aunque hay claramente uno especial, sino que la historia entrelaza las vidas de cuatro ó cinco centrales, alrededor de las cuales giran los eventos que forman la trama. Los personajes secundarios abundan y enriquecen y dan brillo a la narración. Como en “Guerra y paz” y en “Vida y destino”, cada individuo termina influyendo y siendo influido por los demás y el compuesto es mucho más rico que los elementos particulares.

Atlanta, años al rededor del 2000. Charles Croker, un promotor inmobiliario blanco, dueño de una extensísima hacienda que previamente había sido una plantación en la que había esclavos negros, jugador de fútbol americano en sus años en Georgia Tech, llamado por aquel entonces “el hombre de los 60 minutos” por ser capaz de jugar durante todo el partido, tanto en defensa como en ataque, tiene problemas económicos. En la hacienda, que solo se utiliza para cazar codornices, los empleados negros se dirigen a él como “Cap’m Charlie”, algo así como la versión servil de “Capitán Charlie”, lo que le satisface enormemente aunque sea políticamente incorrecto.

Roger White II (con quien comienza el relato), un abogado de prestigio de la propia ciudad de Atlanta, conocido por sus amigos como “Roger Too White” (un juego de palabras con su nombre, que se transforma en “Roger el demasiado blanco”, porque es negro pero de tez más bien café con leche), ha sido llamado con urgencia para asistir en la acusación que aun no se ha hecho pública, contra Fareek Fanon (Fareek “el cañón” Fanon), el jugador estrella de fútbol americano de Georgia Tech ahora mismo; se le acusa de haber violado en una fiesta a la hija del mayor promotor de Atlanta, y el hombre más rico de la ciudad, quien es además “amigo” (socialmente hablando) de Charlie Croker.

Ray Peepgas es un banquero divorciado que trabaja en el banco que prestó millones de dólares a Charlie Croker en su día para la construcción del “Croker Concourse”, digamos la “Extensión Croker” de la ciudad de Atlanta, el único barrio que lleva el nombre de su promotor, y que se ha convertido en una gigantesca patata caliente porque ha sido levantada justo en el punto en que la crisis del sector hace imposible la venta o alquiler de locales. Ray quiere ser una estrella en su banco pero nota cómo el ambiente no le ayuda y se está quedando estancado. Vive solo y tiene que pagar la pensión a su mujer y a su hija. Y a su ex-amante finlandesa y a la hija de ambos…

Finalmente, Conrad Hensely es un marido con esposa y (creo recordar) una hija, que vive con el salario mínimo que le da un trabajo en un almacén de logística de la empresa Croker Foods; esta empresa la compró Charlie convencido de que le iba a aportar más beneficios de los que realmente está dándole, pero el banco no quiere tomarla como aval de sus préstamos precisamente porque el negocio de la alimentación no genera suficientes beneficios.

Además de todos estos, están, claro, el entrenador de Fareek, la ex-mujer de Charlie (este se casó con una joven rubia platino tras tener “un desliz”, cuando ya estaba “cansado” de su esposa, quien ya no le atraía), la actual mujer de Charlie, los empleados de su casa y de su hacienda, un inversor judío neoyorquino a quien Charlie quiere ganarse para salir de apuros, una amiga de la ex-mujer de Charlie conocida en un gimnasio, un compañero del banco de Ray que se encarga de hacer sudar la gota gorda a Charlie, un amigo de Conrad —por cierto, Conrad trabaja en la zona frigorífica de un almacén, llevando enormes sacos de carne de pollo y similares, desde tal frigorífico a los camiones; esto hace que tenga unas manos enormes y fuertes, algo crucial en la trama— que gasta su sueldo en tunear su coche, mientras que Conrad tiene la esperanza de cambiar de trabajo e ir a un barrio mejor; el alcalde negro de Atlanta, amigo de Roger Too White, y otros muchos, predicador negro incluido.

Todo el libro es una sátira sobre la presunta “alta sociedad” de Atlanta, los banqueros, los abogados, los deportistas de élite, los promotores inmobiliarios, los negros que tratan de pertenecer a dicha alta sociedad, la corrección política, la corrupción, la maldad de la cárcel, e incluso de la inocencia como algo que no tiene ningún soporte. Tom Wolfe no cree en nada. Quizás solamente en el sarcasmo. Y en vivir bien. No en la vida buena.

La obra es excepcional. El ritmo es cinematográfico. Los personajes son ricos (dentro de la acidez satírica de Wolfe) y tridimensionales. Las escenas están perfectamente pensadas, compuestas y desarrolladas. Los sentimientos del lector son manejados con maestría. Hay un momento cumbre, cuando las tramas más distantes se engarzan, que produce gran satisfacción e inquietud. La vergüenza ajena —algo esencial para un autor satírico— se sufre con intensidad, así como el gozo en las pocas situaciones “moralmente” positivas. Tom Wolfe sabe escribir y ha investigado seriamente. Y cada ambiente transmite una sensación diferente.

Me ha encantado. Pero es una pena percibir cómo el autor es un hombre sin Dios, como todo sátiro: la vida es absurda y lo mejor que uno puede hacer es reírse de ella. También (y aquí quizás peco yo de puritano) es, especialmente en un capítulo dedicado a la cría de caballos en la hacienda de Charlie, burdamente explícito en todo lo sexual, como buen sátiro, claro. Para él no hay hombre (varón) que no se deje llevar por el deseo, así que la estabilidad matrimonial es imposible y prácticamente inexistente. La vida de la mujer casada termina siendo siempre la de una divorciada amargada. Y el varón se amarga porque eso le crea obligaciones legales carísimas. Y las instituciones, todas, están invadidas por la corrupción.

Esta es la pena de la novela: la falta absoluta de confianza en el hombre. Pero es lo mejor que se puede esperar de un autor así. Una obra excelente, hueca.

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