Así habló Zarathustra

Acabo de terminar, esta misma mañana, el evangelio de Nietzsche, su obra Así habló Zarathustra. Como dice su subtítulo, Un libro para nadie y para todos. He usado la versión inglesa de Walter Kaufmann (en Penguin) —de ahí que algunos términos que los haya entendido de una manera distinta de las mostradas en las versiones castellanas.

Lo he leído por pura curiosidad intelectual. Llevaba años queriendo hacerlo pero un cierto respeto —miedo, ¿quizás?— me retraía pese a que ya he leído tanto la Genealogía de la Moral como Más allá del Bien y del Mal. Tenía muchas ganas de leerlo, la verdad. Le pregunté a una persona que me conoce bien y me dijo que no tuviera ningún miedo; eso me animó bastante. Comencé a finales de julio, creo, y he terminado hoy. Lo he leído detenidamente pero no “de un tirón”.

Siguen mis pensamientos, sensaciones, recuerdos… No es un análisis filosófico serio ni literario. Es una colección de impresiones. Quien quiera un ensayo profesional crítico sobre la obra deberá buscarlo en otro lugar.

Evangelio o Profecía

Se divide en cuatro partes o escenas. El estilo del texto es profético, a modo de Ezequiel, o Jeremías: en un momento específico y durante una acción concreta del profeta —Zarathustra, en este caso—, tiene lugar una escena en la que ya el mismo profeta ya otros personajes hablan o narran hechos del pasado o de sus vidas, y Zarathustra aprovecha para proclamar su doctrina al caso.

Cada una de las partes, que esencialmente corresponden a días, se subdivide en secciones con distinto contenido narrativo —encuentros con otras personas, reflexiones del protagonista, paso del tiempo, descripciones de lugares y la respuesta emotiva que Zarathustra tiene hacia ellas… Cada parte fue escrita en momentos diversos, en orden cronológico, en un breve tiempo —días, no semanas.

Más que una profecía —aunque Zarathustra es un arquetipo profético—, el texto es el evangelio —la buena nueva— proclamada por Zarathustra–Nietzsche: Dios ha muerto, ahora llegará el superhombre —la evolución definitiva del ser humano, que hará que el hombre quede sobrepasado, igual que el hombre sobrepasó al simio. Y esto ocurrirá una vez y otra, pues la existencia no es más que eterno retorno de lo mismo.

Resentimiento

Pobre Friedrich. Aunque el superhombre, como después diré, es supuestamente (a partir de ahora, hablaré del superhombre como una realidad para no estar continuamente diciendo supuestamente) un gran afirmador de la vida —y, por ello, un gran afirmador del futuro y del pasado—, la gran profecía de Nietzsche destila, especialmente en las dos primeras partes, un resentimiento terrible.

Como ocurre en la Genealogía de la Moral, ahora en boca del Profeta, se acusa a los hombres pequeños de imponer a la humanidad su moral de esclavos, al subvertir la (supuesta por Nietzsche, todo hay que decirlo) escala de valores helénica-preclásica y transmutarla creando los conceptos de Bien y Mal. Esto se achaca principalmente a los judíos —no con una crítica racista moderna, todo sea dicho—, al Judío, y se hace con una enorme dosis de bilis, la verdad. Aunque Zarathustra es el preludio del superhombre —su “padre”—, no puede evitar mostrar desdén, rabia y amargor en su lenguaje —tampoco el narrador.

Pese afirmación positiva de todo —de la vida— también del Judío, y pese al autoabajamiento del superhombre de que nos habla el autor —autoabajamiento paralelo a la kénosis paulina referida al Verbo, como veremos—, no deja de descubrirse una pesadumbre insuperable por la realidad de la transmutación de valores. Nietzsche está realmente resentido hacia el Judío, creador y afirmador del Bien y del Mal, los grandes enemigos del superhombre. Para el superhombre —al igual que para el héroe helénico— estos conceptos son vacíos. Él solo actúa desde su grandeza, incluso desde su orgullo, no desde una escala de valores. Y mucho menos desde una escala que genera esclavitud, pues el bien es “lo que ha de hacerse” y el mal “lo que ha de evitarse”. Lo mandado. Nadie ni nada mandan sobre el superhombre.

Realmente me ha dado pena de Nietzsche muchas veces. Pobre hombre.

Afirmación

Como he dicho antes, el gran enemigo del superhombre, que está por llegar y cuyo prototipo son los héroes helénicos, es la moral de esclavos: los conceptos de Bien y Mal —especialmente este último, pues dejar de actuar por evitarlo consiste en una negación de la vida.

El superhombre, evolución definitiva del hombre (y en esto, como se ve en la primera parte, hay mucho de asunción del darwinismo en una especulación abstracta), es principalmente un ser que afirma. Los esclavos, esa chusma resentida que inventó el Bien y el Mal para creerse superiores a los héroes helénicos, los esclavos son incapaces de querer —en el sentido de afirmar la existencia— la realidad tal como es. De hecho, incapaces como son de querer el sufrimiento, pues lo entienden como algo indigno, lo convierten en la razón de ser del Bien, y así dicen “amar” la Cruz, pero solo por su subversión de valores. En realidad, no quieren la Cruz pero el hecho de llamarla Bien les hace sentirse superiores al héroe helénico.

El superhombre no es así. Para él no hay ni Bien ni Mal; el superhombre no está atado por ninguna limitación moral, por ningún deber ni ningún rechazo. El superhombre es el ser de la afirmación total, el ser que dice que sí a todo porque hace de todo su Voluntad. La marca definitiva del superhombre es que hasta el pasado lo quiere así: el pasado no es ya algo recibido que se acepta, y que produce alegría o tristeza; el pasado para el superhombre es querido así —no acierto a expresarlo bien. De alguna manera, el superhombre es dueño del pasado porque su voluntad lo “hace” ser como es… Es mucho más que la resignación. Y, claro, para Nietzsche, es algo radicalmente distinto —y superior— al abandono en la Voluntad Divina.

Dios ha muerto, queremos que viva el superhombre.

Al fin y al cabo, Dios, para Zarathustra, no es más que parte de la transmutación de valores creada por la moral de esclavos. El Judío que creó a Dios ya no vive, lo hemos matado superando sus valores.

Blasfemia

Está claro que todo lo dicho tiene una relación directa con la religión cristiana y se refleja en el trato que la figura y la vida de Cristo reciben en toda la obra. Por supuesto, el Dios que “ha muerto” no es otro que el Dios judeo-cristiano, y ha muerto porque nos hemos dado cuenta de que su actuación es debida a la pena —misericordia, compasión, lo que se desee—, y la pena es casi la única cosa contraria a la dignidad del superhombre.

La obra contiene una gran cantidad de citas directas e indirectas al Antiguo y al Nuevo Testamento, con un especial énfasis en la cuarta parte, en que tiene lugar, entre otras cosas, una Última Cena. Hay un sentido muy marcado de la blasfemia: utilizar la simbología divina para degradarla y burlarse de ella, o para transferir su significado a otro diferente aplicado al superhombre.

Uno de los puntos más notables es la utilización, como mencioné arriba, del concepto de kénosis —abajamiento, en griego—, que san Pablo aplica al Verbo —en el famoso texto de se abajó a sí mismo, tomando la forma de siervo—, y que Zarathustra–Nietzsche aplica al superhombre de una manera completamente opuesta —esta es su propia subversión de valores—: el superhombre afirmará y amará a los hombres pequeños, incluso a los esclavos y al Judío, no porque se humille, pues no hay sentido de virtud de humildad, sino porque los afirmará como parte de la vida. El superhombre amará al esclavo como manifestación de la vida pero sabrá, con orgullo que es tan superior a él como el hombre al mono: lo afirmará pero nunca tendrá pena de él.

El superhombre desprecia las cosas pequeñas —de las que tanto habla Cristo.

En la escena de la Última cena, al final casi de la obra, se reproducen palabras y actos de Cristo, como llevados a cabo por un asno. Y unos cuantos grandes hombres —hombres que han dejado de ser pequeños pero aun no son el superhombre— se postran para adorarle. Y el asno dice: “haced esto en memoria mía”… No es la única burla blasfema. El texto transpira un gran desprecio hacia el cristianismo, religión de esclavos por antonomasia para Nietzsche. Y una gran amargura.

Risa, danza y bulla

Al final del último día de la narración, tras la “Última cena”, Zarathustra y unos invitados, grandes hombres, se dedican a danzar y reír y armar bulla. Es la alegría que precede a la venida del superhombre, de los hijos de Zarathustra–Nietzsche, la alegría dionisíaca precedente al amanecer de la superhumanidad y a la afirmación del eterno retorno —de esto he hablado muy poco pero es otra de las claves del texto.

Zarathustra, y con él sus compañeros de cena, no pueden evitar saltar, bailar, y reír —el superhombre reirá mucho— una vez que han descubierto el porvenir y que el pasado no es más que una repetición eterna del futuro y por eso puede amarse por adelantado. Toda la visión magnífica y tremenda de Nietzsche culmina, cómo no, con una danza dionisíaca.

Aunque al amanecer, solo quedan con él sus amigos: el león y las aves. Zarathustra está solo todavía entre los hombres. Nietzsche, el eterno solitario incomprendido.

Compasión

Curiosamente, lo que me ha transmitido esta obra tan singular, bombástica y tremenda es, aparte de la sensación de irrealidad y de ficción que ya me transmitieron Más allá del Bien y del Mal y El origen de la Moral, ha sido una enorme compasión por Nietzsche. Justamente lo que el superhombre no sentirá por nadie.

Hay que conocer un poco del sufrimiento del autor para darse cuenta de que su actitud, incapaz —probablemente por su educación hipermoralista y por su experiencia de la guerra y por su migraña crónica—, incapaz de dejarse hundir en la profundidad del Amor de Dios y de aceptar su sufrimiento como el lugar en que, por darse ahí, Dios le acompaña; incapaz de ello, Nietzsche solo encuentra la salida opuesta: afirmar hasta su pasado, su propia realidad recibida como algo que él posee porque lo quiere así, y es capaz de quererlo así porque no es más que parte de un ciclo, el del eterno retorno. Y los pocos momentos de claridad que su salud le permiten le llevan a concebir la vida como una afirmación orgiástica de todo lo que es contrario a su dolorosa experiencia vital. Sobre todo le llevan la negación —la muerte— de Dios, del Judío y de lo pequeño. Al orgullo —muchas veces aparece esta palabra como un concepto clave de la vida del superhombre—. Nietzsche es grande para sí mismo porque supera su propia realidad a base de afirmarla como Voluntad de la Vida y porque sabe que no es el destino ni mucho menos la Providencia, sino el eterno retornar de lo mismo. Nietzsche quiere el pasado y el presente porque sabe que son repetición perpetua.

En fin, Dios tenga misericordia de su alma. Amén.

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